jueves, 17 de febrero de 2011

Onírico

Parecía una reunión normal, amigos de antaño, bebidas de siempre, drogas de temporada, viajes no tan comunes, estábamos en Parral. Algún encargo debería haber llevado a mis amigos pero lo olvidé y regresé a mi casa por él, en el camino me encontré con un chofer de camión tipo Omnibus que me dio un “raid”, dijo que iba rumbo a Jardines de Oriente y que pasaría por la Washington así que podía viajar con él, me bajé en la parada de autobús de la primaria.

De pronto estaba en el patio de un sujeto de unos 30 años tipo bohemio, tenía varias docenas de pinturas que cubrían todas las paredes, me dijo que tomara una en específico (más bien él me la dio) pero yo no quise, insistió y no pude despreciarlo. Era una mujer con cabello largo, el tono de su piel era claro y lo que llamaba más la atención eran sus pequeños ojos negros que contrastaban con el fondo formado por varias tonalidades de azul.

Llegué a mi casa y coloqué la pintura en un esquinero enseguida de mi cama y Enrique y yo nos acostamos pues había sido un día ajetreado. Cerré los ojos y cuando comenzaba a conciliar el sueño escuché una voz que me despertó, parecía que me susurraba al oído pero poco a poco la escuchaba en toda la habitación, me reincorporé de la cama y sentí una mirada. Volteé al esquinero y era ella, me estaba viendo, sus ojos negros penetraban en mí, me estremecí, desperté a Enrique y le dije lo que pasaba pero no me hizo caso y siguió durmiendo.

Yo traté de hacer lo mismo, tal vez el alucinógeno aún estaba haciendo su efecto; sin embargo la voz siguió y me empezó a atormentar, decía que algo malo nos sucedería, no recuerdo exactamente qué decía pero eran frases secas y rígidas, tras varios minutos de tratar soportarlo y pensar que era parte del “trip” me levanté de golpe de la cama y me dirigí al cuadro, lo tomé, lo observé y comencé a hacerlo añicos, me di cuenta que estaba formado de plastilina y veía como separaba los colores como si seccionara el cuerpo de la mujer, sentí un alivio y volví a acostarme.

A los pocos minutos la voz se volvió a escuchar, miré al esquinero y ella estaba ahí viéndome fijamente, volví a levantarme y a destrozarla varias veces pero volvía al lugar donde la había colocado en un principio y fue hasta que Enrique pudo escuchar la voz cuando lo hizo él mismo pero ella regresó. “No le hagas caso, yo no lo haré, duérmete”. Lo abracé y comencé a pensar que sólo era un “mal viaje” y que en la mañana sería todo diferente, comencé a dormir pero no por mucho tiempo. “Clávale el lápiz en el pie”, dijo.

Me volví a levantar y la tomé para deshacerme de una vez por todas de ella, la hice pedazos pero pocos segundos después se convirtió en una especie de pirámide de cinco círculos, los desuní y aparecieron tornillos, los cuales lancé a las casas de los vecinos en puntos diferentes pero éstos volvieron a mí, pareciera que me los aventaban de todas las casas, caían en mi cara, me golpeaban y yo sólo gritaba. En la desesperación pensé en rezar pero eso sería contradecirme, yo no creía en Dios y recurrir a este tipo de acciones sería pusilánime, además de que si existía tal Dios no sería personal por lo que no se tomaría la molestia en interceder por la naturaleza ni por el hombre así que no tenía caso rebajarme a desmoronar mis no creencias, yo estaba sola en esto y sola lo arreglaría.

De pronto en la banqueta aparecieron cinco inciensos, cada uno de un color diferente, mi madre salió y al verlos pensó en prenderlos. “-No, deja ahí. – ¿Qué te pasa? – Son símbolos,¡no los toques! nos quieren hacer daño. ¿Daño porqué?- Nos están haciendo un `tipo brujería´ (yo no creía en eso por eso `tipo´… no sabía cómo nombrarlo)”. Mi madre no contestó y se metió a la casa –Sabiendo que ella es supersticiosa pensé que habría comprendido–, yo quebré las varas de incienso.

Más tarde mi madre salió y prendió uno a uno los cinco colores.

La confusión me llevó a dar vueltas en la cama, desperté y estaba en mi cuarto, no estaba Enrique y tampoco el cuadro, todo fue un sueño. Recorrí con la mirada mi habitación y me topé con una mirada oscura, pero no la misma.

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