viernes, 22 de abril de 2011


Sería todo más sencillo si hubiera instrucciones para ser feliz, pero también, más aburrido.


Un reflejo

Miénteme, engáñame, rétame, no importa,

porque yo hasta cierto punto me doy cuenta,

porque los ojos no mienten,

hay un reflejo que trata de decir algo

pero es sólo eso, un reflejo, nada certero,

por eso siempre queda algo oculto.

De tus labios podrá no brotar una palabra

mucho menos una oración,

pero con verte a los ojos lo intuyo,

lo siento, lo pre-siento,

pero no lo sé ni lo conozco.

Porque tal vez ni siquiera tú lo conozcas,

porque tal vez tú mismo tratas de esconderte

porque tal vez tú no quieres ser así.

Te pones máscaras, buscas ser otro,

pero sólo buscas, buscas siempre,

pero nada encuentras,

o al menos no encuentras

lo que quieres encontrar.

jueves, 17 de febrero de 2011

Onírico

Parecía una reunión normal, amigos de antaño, bebidas de siempre, drogas de temporada, viajes no tan comunes, estábamos en Parral. Algún encargo debería haber llevado a mis amigos pero lo olvidé y regresé a mi casa por él, en el camino me encontré con un chofer de camión tipo Omnibus que me dio un “raid”, dijo que iba rumbo a Jardines de Oriente y que pasaría por la Washington así que podía viajar con él, me bajé en la parada de autobús de la primaria.

De pronto estaba en el patio de un sujeto de unos 30 años tipo bohemio, tenía varias docenas de pinturas que cubrían todas las paredes, me dijo que tomara una en específico (más bien él me la dio) pero yo no quise, insistió y no pude despreciarlo. Era una mujer con cabello largo, el tono de su piel era claro y lo que llamaba más la atención eran sus pequeños ojos negros que contrastaban con el fondo formado por varias tonalidades de azul.

Llegué a mi casa y coloqué la pintura en un esquinero enseguida de mi cama y Enrique y yo nos acostamos pues había sido un día ajetreado. Cerré los ojos y cuando comenzaba a conciliar el sueño escuché una voz que me despertó, parecía que me susurraba al oído pero poco a poco la escuchaba en toda la habitación, me reincorporé de la cama y sentí una mirada. Volteé al esquinero y era ella, me estaba viendo, sus ojos negros penetraban en mí, me estremecí, desperté a Enrique y le dije lo que pasaba pero no me hizo caso y siguió durmiendo.

Yo traté de hacer lo mismo, tal vez el alucinógeno aún estaba haciendo su efecto; sin embargo la voz siguió y me empezó a atormentar, decía que algo malo nos sucedería, no recuerdo exactamente qué decía pero eran frases secas y rígidas, tras varios minutos de tratar soportarlo y pensar que era parte del “trip” me levanté de golpe de la cama y me dirigí al cuadro, lo tomé, lo observé y comencé a hacerlo añicos, me di cuenta que estaba formado de plastilina y veía como separaba los colores como si seccionara el cuerpo de la mujer, sentí un alivio y volví a acostarme.

A los pocos minutos la voz se volvió a escuchar, miré al esquinero y ella estaba ahí viéndome fijamente, volví a levantarme y a destrozarla varias veces pero volvía al lugar donde la había colocado en un principio y fue hasta que Enrique pudo escuchar la voz cuando lo hizo él mismo pero ella regresó. “No le hagas caso, yo no lo haré, duérmete”. Lo abracé y comencé a pensar que sólo era un “mal viaje” y que en la mañana sería todo diferente, comencé a dormir pero no por mucho tiempo. “Clávale el lápiz en el pie”, dijo.

Me volví a levantar y la tomé para deshacerme de una vez por todas de ella, la hice pedazos pero pocos segundos después se convirtió en una especie de pirámide de cinco círculos, los desuní y aparecieron tornillos, los cuales lancé a las casas de los vecinos en puntos diferentes pero éstos volvieron a mí, pareciera que me los aventaban de todas las casas, caían en mi cara, me golpeaban y yo sólo gritaba. En la desesperación pensé en rezar pero eso sería contradecirme, yo no creía en Dios y recurrir a este tipo de acciones sería pusilánime, además de que si existía tal Dios no sería personal por lo que no se tomaría la molestia en interceder por la naturaleza ni por el hombre así que no tenía caso rebajarme a desmoronar mis no creencias, yo estaba sola en esto y sola lo arreglaría.

De pronto en la banqueta aparecieron cinco inciensos, cada uno de un color diferente, mi madre salió y al verlos pensó en prenderlos. “-No, deja ahí. – ¿Qué te pasa? – Son símbolos,¡no los toques! nos quieren hacer daño. ¿Daño porqué?- Nos están haciendo un `tipo brujería´ (yo no creía en eso por eso `tipo´… no sabía cómo nombrarlo)”. Mi madre no contestó y se metió a la casa –Sabiendo que ella es supersticiosa pensé que habría comprendido–, yo quebré las varas de incienso.

Más tarde mi madre salió y prendió uno a uno los cinco colores.

La confusión me llevó a dar vueltas en la cama, desperté y estaba en mi cuarto, no estaba Enrique y tampoco el cuadro, todo fue un sueño. Recorrí con la mirada mi habitación y me topé con una mirada oscura, pero no la misma.

martes, 8 de febrero de 2011

Una píldora de felicidad para un momento efímero

viernes, 6 de agosto de 2010

EL PERRO DE CERA (Cuento maya)



En los bosques de Belhalal, cerca de las viejas paredes de Uxmal, existieron una vez frondosos árboles y tierra, buena para hacer milpa. Sin embargo, la gente nunca ha querido levantar allí su siembra porque se cuenta que en esos bosques habitan montículos que tienen vida. Uno de ellos se llama Mulitkak, y se asegura que en él está encerrado el perro de cera.
Dicen que el cerro está vivo porque sale el ladrido de un perro, el canto de un gallo y el gorgojeo de un guajolote. Todo está seco, como si tuviera fuego por dentro. Allí es imposible cazar un venado, sólo se puede matar si se le pone cera a la bala, porque dentro del cerro vive el perro de cera.
En ese entonces había muy pocos perros. La gente anhelaba poseer uno porque daba seguridad en los lugares que inspiran temor. Hasta la calavera de un perro alejaba a los malignos y les quitaba el temor a los hombres. Porque el perro fue parido en la mismísima puerta del infierno, y ese lugar de la maldad se estremeció el día de su nacimiento.
En los viejos tiempos, Belhalal era un pueblo grande. Un grupo de labriegos decidió ir a hacer sus milpas cerca del cerro Mulitkak, pues era la tierra muy fértil. Uno de ellos, de nombre X-Batlis Chan, andando por el campo, encontró un enjambre de abejas del que cogió la miel. Con la cera hizo un perrito para que, aun siendo de cera, los acompañara a él y a sus amigos. Un día, este milpero se cortó la mano mientras tumbaba los árboles, puso una gota de sangre en el hocico del animalito de cera y vio que la tragaba. Desde entonces, todas las noches se cortaba la mano para darle de su sangre al can.
El perro empezó a crecer y a salir por las noches. También comenzó a ladrar. Cada amanecer dejaba un venado a la puerta de la casa de su amo, que había cazado para él. Cuando creció más, el perro devoraba por su parte un venado todos los días. Pero, según fueron escaseando los venados, el perro se fue comiendo a los milperos; al observarlo el hombre dijo a sus compañeros: -¡Vámonos, huyamos o seremos aniquilados!
Salieron todos corriendo, y el animal aullaba cerca de ellos diciendo: -Espérenme, X-Batlis Chan es mi madre, X-Batlis Chan es mi padre. No corran. ¿Por qué corre X-Batlis Chan de su propia sangre? ¿No me la dio él noche tras noche?
En el camino hallaron a un viejo, y el asustado campesino le dijo: -¡Ay, papito!, corre con nosotros porque nos viene persiguiendo el maligno. Pero el anciano respondió a X-Batlis Chan severamente: -Hijo del diablo ¿por qué huyes de tu compañero, hijo del diablo también? Hoy eres responsable de la muerte de los que fueron devorados. Detente y mira cómo atrapo a este compañero del maligno.
Todos se detuvieron. El viejo se arrancó nueve pelos de la cabeza, los trenzó y formó un lazo con ellos. Luego se arrancó un cabello más y lo sembró en la tierra. Aquella hebra de pelo se convirtió en la planta del chichibeh. Amarró de ella el lazo y lo puso como trampa. Apareció corriendo el perro de cera, metió su cabeza en la cuerda y quedó lazado. Por eso el cabello de los viejos es resistente y la planta del chichibeh no puede arrancarse con facilidad.
El anciano dijo entonces a X-Batlis Chan: -Desata al perro del chichibeh y llévalo a recluir en el cerro Mulitkak. No tengas miedo.
X-Batlis Chan desató al perro y se lo llevó. Al llegar a Mulitkak el cerro se abrió y allí quedaron aprisionados el perro de cera y X-Batlis Chan. Hasta hoy paga allí el hombre su culpa. Allá, dentro del calor del monte.
Hasta hoy, quien pretende cazar venados por esos lugares no puede. No encuentra al venado que mató. El perro de cera se lo come. Si se quiere cazar un venado por esos parajes, hay que ponerle cera a la bala.
Ahora, como antes, el hombre debe cuidarse, porque puede ser devorado por su propia perversidad.

Azucar y sal

Entre el fango y el cielo está la vida
las tormentas inundan los caminos
forman huecos en donde las piernas se atoran
movimientos bruscos para salir
a veces resistirse es peor.

Con serenidad piensas y esperas
de pronto tus pies vuelan
tus brazos se extienden sin forcejear
y sin darte cuenta ya ves todo desde arriba.

Después, vuelve otra tormenta
y recuerdas que eres humano.